Hay días de tristeza

8 Mar

En el pasado artículo hallábame yo triste y desolada a cuenta, creía yo, del estrés. Como ustedes recordarán (o no), la lectura de un libro de autoayuda de enormes ventas y éxito mundial no ayudó gran cosa que digamos. Así que mi amiga la terapeuta (citada varias veces en esta sección, y que ha servido de modelo para la Sabina de Lo verdadero es un momento de lo falso) me aconsejó que visitara a un colega. Tal y como me lo vendía, el señor venía a ser, en psicólogo, lo más parecido a la Purga de Benito, y en apenas diez sesiones me iba yo a quedar como la seda. De forma que, ni corta ni perezosa, llamé a la consulta del señor aquel, que tenía una larguísima lista de espera. Pero, las cosas de la fama, la secretaria se avino a encontrarme un hueco para esta misma semana en cuanto le dije mi nombre y reconoció mi voz.

De si la terapia es efectiva o no, no puedo hablarles todavía dado que aún no ha llegado el día de la cita. Pero antes de escribir este artículo estaba yo leyendo un libro de Hanif Kureishi, Algo que contarte, cuyo protagonista es precisamente un psicoanalista, y en el texto venía a decir algo así como que la sociedad consumista en la que vivimos quiere resultados probados, efectivos y rápidos, y que por ello el psicoanálisis tradicional (el freudiano) está perdiendo vigencia, más allá de que los paradigmas de Freud se estén quedando más o menos obsoletos.¿Par qué perder tres años en autoindagaciones cuando con una pastillita uno puede cambiar de ánimo en quince días? De ahí la recomendación de mi amiga: el psicólogo al que quería que visitase prometía, sobre todo, resultados rápidos.

Seguía Jamal, el protagonista del libro, diciendo que la tristeza tiene un función, que el duelo es necesario, como necesario es asumir el tiempo que puede durar. Pero en una sociedad en la que se incide tanto en la productividad como para que se espere que un trabajador se reincorpore a su puesto laboral a los tres días de perder a un ser querido – y, a poder ser, que no llore en la mesa de trabajo, por favor-, hay muy poca tolerancia para los que se sumen en la desesperación.

La tristeza nos ayuda a aprender de nuestros errores. Nos obliga a detenernos para hacernos focalizar en algo distinto. Un ejemplo de cajón: las mujeres maltratadas se deprimen. Pero esta depresión es un indicador de que su situación es insostenible. Sin tiempo para reflexionar, podrían estancarse en un estado de estrés crónico mucho peor aún que una depresión. También es normal y lógico deprimirse tras un divorcio o una mudanza, o cuando uno se da cuenta de que odia un trabajo que le impuso su padre y que en realidad no ha elegido. Pero nada está perdido si se tiene el valor de asumir que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo. En casos así, medicar la tristeza podría ocultar las consecuencias de situaciones límite y eliminar la motivación para avanzar. Así, en lugar de curar, se mantendría, paradójicamente, una situación enferma en lugar de enfrentar el problema de fondo.

Si aplicamos el cuento en mi caso, quizá lo mal que me encuentro no es sino un indicador de que quizá haya llegado la hora de que no me someta a ruedas de entrevistas que parecen más un interrogatorio de la GESTAPO que una labor de información periodística. Quizá debería llamar a mi editor y decir que aquí la niña va a hacer como Marías y conceder entrevistas con cuentagotas. Entretanto, si alguno de los que me leen están tomando ansiolíticos, pastillas para dormir o antidepresivos, puede que se plantee después de leer esto si realmente los necesita tanto. El verdadero valor, dijo Voltaire, consiste en saber sufrir.

Simpatía por el débil. Lucía Etxebarria. “Nada está perdido” Publicado en el suplemento “Magazine”  publicado junto con La Voz de Almería. 7 Marzo 2010.   www.magazinedigital.com

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