10 de octubre

19 Jul

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Photo by Lilya Corneli ” Texturas Emocionales”. http://www.lilyacorneli.com

“…No sé cómo salió a colación el tema de la cartomancia, pero cuando yo le conté que la única vez que me habían leído las cartas la predicción se había cumplido, ella me dijo que siempre llevaba a mano las suyas y que le gustaría hacerme una tirada. Acepté encantada y entonces la desconocida me llevó a una  habitación apartada del salón donde la reunión hervía en plena ebullición para, lejos del mundanal ruido, extraer de su bolso dos barajas, una del tarot y la otra española, proceder a mezclarlas conienzudamente, extender algunas cartas sobre la mesa, y hacerme las siguientes predicciones:

La primera carta que salió fue la de La Emperatriz, la carta de la fecundidad.

-Vas a ser madre- me dijo. Está claro. En poco tiempo. Alrededor de un año.

“Anda ya…!”, pensé yo. Hacía poco me había hecho una revisión ginecológica exhaustiva y el médico me señaló que, si bien no se me podía definir categóricamente como estéril, sí tenía un problema de infertilidad derivado de una endometriosis y de un desequilibrio hormonal. Este problema, según él, se podría solucionar con una intervención y un tratamiento a base de hormonas costosísimo tanto en tiempo como en dolor como en dinero, pero como a mí la maternidad como función biológica tampoco me llamaba gran cosa la atención, había decidido no someterme al tratamiento, de forma qu ela predicción de la bruja no es que me sonara imposible, pero sí bastante poco probable.

La segunda carta fue una Sota de Copas.

-El padre de tu bebé es más joven que tú- dijo ella.

“Pues sí, bonita…”, dije para mis adentros, “mejor que hagas un curso de ofimática, que de bruja como que te veo poco futuro”. Y es que en la vida me había liado con un hombre más joven que yo, nunca (o casi nunca, a excepción de mis escarceos con David Muñoz, al que apenas sacaba un mes, cuando aún íbamos a las clases de José Merlo, y eso sólo por darle en las narices a las pijas que babeaban por él y que nos miraban por encima del hombro a Sonia, a Tania y a mí porque no llevábamos Loden). Muy al contrario, tenía tendencia a colgarme de señores que me sacaban diez años, como me los había sacado, sin ir más lejos, el tipo aquel cuyo nombre estaba escrito en un pergamino encerrado en una botella enterrada en un descampado cerca de Cuatro Vientos.

A continuación descubrió la carta de El Colgado, pero colocada a la inversa, de forma que El Colgado no pendía, sino que se mantenía en pie.

-No te asustes- quiso tranquilizarme, aunque yo no me había asustado porque , a aquellas alturas d ela tirada, creía tanto en las cartas como en los anuncios de la teletienda-. En esta carta se unen, según la Cábala, Hod (la mente) con Geburah (la severidad). En Geburah encontramos todas las órdenes y leyes que rigen en el universo, y una de ellas es la del Karma, que es la ley de causa y efecto. La letra hebrea que corresponde a este sendero es la letra Mem, que significa agua. Otros significados secundarios de la letra Mem son los de Madre Que Concibe y Fecundidad…¿Me sigues?.

Asentí con la cabeza pese a que no entendía nada.

-Por todo esto, yo diría que el padre de tu hijo vive cerca del agua. Un mar os separa.

Acto seguido apareció la carta de El Mago.

-Este es. Esta carta representa al padre de tu hijo. En su trabajo transforma cosas. Creo que el padre trabaja en un laboratorio, quizá sea científico.

Mi escepticismo se iba convirtiendo en incredulidad pura y dura, porque yo siempre había salido con artistas o presuntos artistas o proyectos de (tres músicos, un cortometrajista, dos aspirantes a escritores y un artista conceptual), pero no con un científico. Nunca me atrajeron los hombres de ciencias, y mucho menos los de ciencias puras. La palabra laboratorio me sonaba a formol, vivisección, ratas abiertas en canal y monstruos de Frankenstein. Sinceramente, empezaba a dudar mucho de la fiabilidad de las predicciones que me estaba haciendo aquella aprendiza de bruja o lo que fuera.

El As de Copas cayó sobre la mesa.

-Éste es El Hogar- me dijo la bruja.

Le siguió La Templanza:

-Esto es un cambio a mejor. En breve vas a hacer reformas en tu casa.

“Esto sí que no”, me rebelé yo. La casa la había tenido que reformar de arriba abajo al comprarla – una reforma que acabó, como la mayoría, alargándose varios meses más de lo previsto y excediendo con mucho el presupuesto que se me había ofertado al principio-. y había acabado tan harta de obreros, andamios y pintura como para no plantearme siquiera tirar un tabique o pintar una pared en muchísimo tiempo.

Aparecieron entonces un montón de cartas de bastos en sucesión y, por fin, la carta de El Juicio, invertida:

-Veo enemigos, una situación muy, muy mala. Vas a tener que ir a juicio. Y lo perderás.

“Ya”.

Luego vino La Fuerza:

-Esto es un triunfo, y ahora ya no sé decirte si pierdes el juicio o lo ganas. Quizá quiera decir ambas cosas. Que lo ganes en un recurso o algo así. O que el perderlo te acabe reportando algo valioso.

No es que aquello me sonara imposible, pero tampoco muy plausible, dado que yo no había tenido que ira juicio en toda mi vida, excepto a los quince años, cuando la que era mi profesora de Historia nos llevó a toda la clase a ver uno como actividad extraescolar destinada a hacer de nosotros, el día de mañana, unos ciudadanos conscientes de sus responsabilidades con la sociedad. Aunque, teniendo en cuenta que la mitad de la clase acabó politoxicómana o alcohólica (categoría que nos incluye a Sonia, a Tania, a David Muñoz y a mí) y la otra mitad creo que narcotraficante, la verdad es que no le arriendo la ganancia a la pobre señorita Esperanza en lo que respecta a su fe en la influencia de las actividades extraescolares como parte de la formación de mentes preadolescentes.

Finalmente, la chica rubia acabó diciéndome que, aunque estaba pasando un momento muy malo y pese a que aún me quedaba más malos tragos que apurar en este año, con el tiempo todo se iba a arreglar y mi vida empezaría a ser muy feliz, pero eso no iba a suceder de la noche a la mañana.

Como conclusión afirmó, al ver aparecer una larga sucesión de cartas de oros que, sobre todo, debería confiar siempre en mi trabajo, pues eso nunca me iba a fallar y al final de mi vida me iba a reportar muchísimos triunfos.

En fin, como comprenderás, en principio no me creí ni una sola palabra de lo que aquella chica dijo y la tomé por una farsante que, eso sí, sabía mentir con mucha teatralidad. Me tengo que tragar mis palabras porque las predicciones se cumplieron una a una como se verá más adelante….”

Lucía Etxebarria. “Un milagro en equilibrio”. Premio Planeta 2004.

http://www.lucia-etxebarria.es

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