Sin una palabra

4 Ene

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Photo by soonorlater

“Por qué tenemos que quedarnos todos tan solos? Pensé. ¿Qué necesidad hay?. Hay tantísimas personas en este mundo que esperan, todas y cada una de ellas, algo de los demás, y que, no obstante, se aíslan tanto las unas de las otras. ¿Para qué? ¿Se nutre acaso el planeta de la soledad de los seres humanos para seguir rotando?. Me tumbé de espaldas sobre una piedra plana, alcé la vista hacia el cielo y pensé en la multitud de satélites artificiales que debían de estar girando alrededor de la tierra.

….Cerré los ojos, agucé el oido y pensé en los descendientes del Sputnik que cruzaban el firmamento teniendo como único vínculo la gravedad de la tierra. Unos solitarios pedazos de metal de la negrura del espacio infinito que de repente se encontraban, se cruzaban y se separaban para siempre. Sin una palabra, sin una promesa”.

Haruki Murakami “Sputnik, mi amor”.

Somos solitarios pedazos de metal,  nos cruzamos,  nos rozamos, casi nos vemos pero no hacemos nada más. Cada uno de nosotros manda una señal a los demás,  pero cada una de éstas señales emite en una frecuencia distinta. Así pues, emisor y receptor no llegan a encontrarse jamás.

Me imagino que el espacio que nos rodea está lleno de esas señales, como los haces de luz invisible, más allá del rojo o el violeta,  pero mueren antes de llegar a su destino. Somos seres gregarios pero somos seres solitarios también, “solitarios pedazos en el espacio”, como dice Murakami..

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2 comentarios to “Sin una palabra”

  1. Vathek enero 21, 2009 a 3:36 pm #

    Hace muchos, muchos años, una noche de aquellas de verano, negra, negrísima, me tumbé cerca de un río pequeño, en medio de ninguna parte, es decir, en el centro del mundo.

    Al cabo de algún tiempo, cuando los ojos se acostumbraron a la oscuridad, las estrellas parecían estar más cerca que nunca, y su número era aún mayor que la vez anterior que las miré.

    Pero había una pequeña diferencia: algunas de ellas se movían. Ya sé que las estrellas se mueven imperceptiblemente, pero éstas que veía lo hacían deprisa, en línea recta, melancólicamente, tomándose su tiempo, tardando sólo un minuto en cruzar la bóveda celeste.

    Pensé que veía aviones, las luces de posición. Pero no había destellos, así que pensé que veía el fuego del escape de aviones de caza, ensayando su maldad también de madrugada. Afiné el oído para escuchar el retumbar lejano del motor, aunque no percibí ningún ruído, por leve que fuese.

    Eso me dejó un poco intrigado: por muy alto que volasen aquellos diablos, debería oír algo. Además, me dí cuenta de que, al contrario que los cazas, éstas luces se desplazaban solitarias, en línea recta siempre, y en un sólo sentido. Y había muchas. Conté al cabo de un rato unas diez o quince.

    Después de pasar un tiempo indefinido cavilando y observando los misteriosos puntos de luz móviles, consideré con ingenuidad la posibilidad de estar presenciando un sobrevuelo de platillos volantes.

    Esto me puso en la pista: Veía satélites.

    Desde entonces, mis satélites son como los de Murakami: cuerpos metálicos que se desplazan a toda velocidad sólo para no caer, en equilibrio sobre su propia inercia, desde que son lanzados hasta su inevitable caída a la tierra. Viajando a ninguna parte, describiendo círculos, elipses, ensimismados en su jerga electrónica, emitiendo señales al vacío, en medio de un frío inimaginable, en la más completa soledad.

    Así hasta que algún día, cansados o inservibles ya, se conviertan por un segundo en una estrella fugaz.

  2. Vathek febrero 4, 2009 a 3:12 pm #

    Una vez, me fué posible descifrar la misteriosa charla electrónica de uno de ésos satélites. Creí que por fín había encontrado la fuente de alguna sabiduría arcana.
    Me equivoqué: Era una canción de Camela.

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